Ganador del certamen Enid Blyton

Für Elisa, de Andrea González – Ganador I Certamen de microrrelato Enid Blyton

Elisa observaba el crepitar del fuego en la chimenea, y cómo llama tras llama desaparecían. Escuchaba el crujido de los troncos al partirse rendidos ante la hoguera. Disfrutaba del calor que emitía mientras escuchaba la voz ronca de su abuelo.

Elisa estaba acostumbrada a las historias del hombre. Le fascinaba escuchar sus relatos llenos de trepidantes aventuras y destinos desconocidos. Era su pequeña tradición cuando el invierno asolaba el aislado pueblo en el que vivían.

Deseaba, un día llevar a cabo todas aquellas magnificas historias, para que cuando el momento llegara pudiera ella contárselas a sus nietos y familia, que prestarían más atención que la suya.

Agitó la mano en el aire alejando el humo que emitía el segundo puro que fumaba su padre en la tarde, leía desinteresado el periódico que había llegado días atrás. Elisa no entendía por qué no se quedaba prendido ante la apasionante historia del abuelo.

Al alzar la vista se dio cuenta de que no era el único que no prestaba atención. Su madre, mujer regia, tejía concentrada sin levantar la cabeza de la tediosa tarea de pasar el hilo por el pequeño agujero de la aguja.

La pequeña Elisa tuvo ganas de levantarse frente al fuego y gritar a sus padres. ¿Cómo se atrevían a ignorar a su abuelo?

―…Aquella mujer―continuó el anciano con la voz temblorosa―me marcó.

Elisa abrió los ojos con mucha atención sin dejar de mirar a su héroe.

― ¿Por qué, abuelo? ―preguntó impaciente la niña.

El hombre le sonrió afablemente. En sus ojos se veía el reflejo del fuego, de manera cálida y reconfortante.

―Era una buena persona―afirmó el abuelo―, a pesar de que traté de convencerla, no quiso abandonar al anciano. Tenía lágrimas en los ojos y veía el caos de la guerra, pero se negaba a dejarle a pesar de que ya tenía un pie en la tumba―le relató el hombre con franqueza.

Elisa no era capaz de comprender de qué hablaba. Se había saltado parte de la historia, al perderse entre las llamas. Su abuelo, sin embargo, no parecía darse cuenta del desconcierto de la niña. Murmuraba reflexionando sobre su historia.

―Me dijo algo que no se olvida, es muy importante…y muy cierto―dijo el hombre frunciendo el ceño.

La pequeña se dispuso a preguntar, movida por su curiosidad, cuáles habían sido las palabras de aquella inolvidable mujer.

―Suficiente.A cenar―pronunció su madre interrumpiendo las palabras que no habían llegado a escapar de su boca.

― ¿Qué te dijo, abuelo? ―preguntó Elisa entre el ruido que hacían al recoger― ¿Qué te dijo?

El abuelo acarició suavemente la cabeza de la niña y sonrió de nuevo.

―Otro día te lo cuento…

Habían pasado ya muchas tormentas desde aquel frío invierno. Pero Elisa no había dejado que ese recuerdo, que por sí solo desprendía el calor de la chimenea, cayera en el olvido.

Notando la nieve caer sobre ella y acumularse en sus pestañas relataba de nuevo la vieja historia de su abuelo. Tenía la cara salada. Mojada por las lágrimas que al caer de sus ojos se cristalizaban por la brisa helada.

―Nunca supe lo que dijo…―murmuró decepcionada con el final de la historia―nunca sabré lo que dijo.

Allí frente a la tumba con su nombre grabado, frente a su descanso, Elisa habría querido preguntarle más cosas. Sentarse en sus rodillas como lo había hecho de niña y que le hablara del hombre que conoció en Brasil, o de la muchacha holandesa que le acogió en la guerra. Quería oír sus historias de nuevo, encerradas en aquel lejano recuerdo.

―Yo recuerdo el final de la historia―pronunció su madre retirando con delicadeza la nieve de su cara y observando a su hija con ojos cansados.

― ¿Qué es lo que le dijo aquella mujer? ―preguntó Elisa de nuevo invadida por su curiosidad de antaño.

Por la mejilla de su madre resbaló una lágrima solitaria.

―Ojalá los abuelos fueran eternos.